El síndrome de burnout o síndrome de trabajador quemado es cada vez más frecuente en nuestra sociedad. Llama la atención su repercusión en determinados colectivos e intervalos de edad. Tanto es así, que algunos psicólogos ya empiezan a hablar del burnout de los trabajadores parados.
El burnout afecta al trabajador y no solo en su puesto de trabajo. También en su vida cotidiana y en la relación que mantiene con su entorno más próximo. Un trabajador que padece burnout es una persona que siente fatiga permanente. Acude a su puesto de trabajo todos los días sin ningún tipo de motivación. Cumple con su horario laboral con total desgana y regresa a su casa sin ganas de relacionarse con nadie.
Este trastorno también preocupa a las empresas. Ya que tiene asociada una caída pronunciada de la productividad. Se da muchas veces en trabajadores con una larga trayectoria en la empresa, por lo que los costes para reemplazarlos suelen ser altos. Como consecuencia, la empresa tiene que pagar un sueldo todos los meses a un trabajador que no está rindiendo todo lo que podría. La empresa debe preocuparse por motivar a los trabajadores y por crear un entorno de trabajo agradable. Pero, en muchas ocasiones, esto no es suficiente. El burnout es un trastorno individual de carácter emocional y psicológico.
Llama la atención cómo, por otro lado, el burnout afecta también a los trabajadores jóvenes. La revista Merca 2.0 subraya que casi la mitad de los trabajadores de la generación Z y de los millennials sufren este trastorno. Un hecho que dificulta el relevo generacional, complica la entrada de nuevos trabajadores a la empresa y la retención del talento y envejece de manera considerable las plantillas laborales.
Al mismo tiempo, según la revista Dir & Ge (Directivos y Gerentes), el 52% de los cuadros intermedios sufren burnout. Estamos hablando de unos puestos determinantes en el organigrama empresarial y en la dirección directa sobre la producción.
El síndrome del trabajador quemado.
La página web de la Cruz Roja indica que el burnout es un estado de fatiga y de frustración que afecta al trabajador después de haber dedicado mucho esfuerzo a la empresa. Suele afectar a los trabajadores más comprometidos y más dedicados, los cuales no ven una compensación proporcional al trabajo realizado. También nos dice que este trastorno se desarrolla de una manera paulatina. No aparece de la noche a la mañana.
Su evolución comienza con una fase inicial de entusiasmo caracterizada por altas expectativas, a menudo poco realistas. Posteriormente, sobreviene una etapa de estancamiento al constatar la falta de reconocimiento esperado. Esto deriva en una tercera fase de profunda frustración donde la persona cuestiona su propio rol en la empresa. Finalmente, el proceso desemboca en una etapa de apatía e indiferencia total hacia la actividad realizada.
A lo largo de este deterioro, el síndrome se manifiesta a través de severos síntomas físicos y emocionales. En el plano físico, es habitual experimentar agotamiento constante, fatiga, dolores musculares, dolor de cabeza, hipertensión, alteraciones gastrointestinales, dificultades respiratorias e insomnio. En el plano psicológico aflora la ansiedad, la inquietud y los sentimientos depresivos, acompañados de irritación ante la mínima presión, respuestas rígidas, falta de concentración e incluso conductas violentas o irresponsables.
Muchas veces se confunde el síndrome de burnout con el estrés crónico. Pueden darse en la misma persona o no. Por supuesto, el estrés es un factor desencadenante de este trastorno, pero no es mecánico. Muchos trabajadores se sienten quemados por falta de reconocimiento o por la ausencia de perspectivas de promoción dentro de la empresa, sin que exista una situación de estrés continuado.
El burnout alcanza tres dimensiones que condicionan la vida del afectado. La primera es el cansancio emocional, caracterizado por una pérdida drástica de energía y un desgaste diario. La segunda dimensión es la despersonalización o deshumanización, en la que se desarrollan actitudes negativas, frialdad e irritabilidad hacia los clientes, compañeros y otras personas del entorno laboral. Por último, aparece una marcada falta de realización personal, una baja autoestima, una actitud negativa hacia uno mismo y la incapacidad total para gestionar la actividad dentro de su jornada laboral.
Evaluación neuropsicológica para detectarlo.
Aunque el burnout pueda apreciarse a simple vista, siempre es necesario que esté diagnosticado por profesionales. Los psicólogos de Canvis, un centro de psicología de Barcelona, ubicado en el Example y formado por psicólogos clínicos que colaboran con la Seguridad Social, señalan que los trastornos de este tipo se reconocen tras efectuar una evaluación neuropsicológica orientada al diagnóstico. Este procedimiento es clave para despejar ideas preconcebidas y evitar sesgos que puedan ser injustos con el trabajador.
La evaluación se suele realizar por medio de entrevistas clínicas al afectado, con la observación de su comportamiento y con la cumplimentación de cuestionarios tipo.
Un trabajador que se siente desmotivado, y que ve que esta situación está condicionando su relación con los demás, tanto dentro como fuera del trabajo; al mismo tiempo que está afectando a su vida personal, sensación de vacío, puede someterse a un reconocimiento de este tipo de manera voluntaria.
Del mismo modo, la empresa puede sugerir a un trabajador que está viendo afectado su rendimiento, sin que exista una causa aparente, que se someta a un estudio psicológico de este tipo.
El reconocimiento profesional, abordado desde un punto de vista personalizado, es clave. Ya que a partir de ahí se puede programar un tratamiento y poner en marcha una terapia que ayude al afectado a superar la situación.
La evaluación psicológica no solo es importante para cimentar un diagnóstico. También lo es como herramienta de autoconocimiento. A partir de esta investigación, la persona puede comprender cómo funciona su cerebro, puede descubrir sus fortalezas y debilidades y adquirir habilidades para superar el burnout y sus consecuencias.
Es importante ver este trabajo como un instrumento al servicio de la realización y del crecimiento personal. No se puede enfocar desde el objetivo de aumentar la productividad. Si se emprende desde ahí, los resultados serán nulos o contraproducentes.
El burnout de los desempleados.
El burnout se puede dar también entre desempleados de larga duración y parados mayores de 50 años que, tras haber perdido un trabajo, ven dificultades para reintegrarse al mercado laboral. Son personas con preparación, que incluso pueden continuar formándose durante el periodo en el que se encuentran desocupados, que dedican tiempo a buscar un puesto de trabajo y que, a pesar de todo el esfuerzo invertido, ven que no lo pueden conseguir.
La situación es frustrante, y suele conllevar con el tiempo una sensación de hundimiento anímico y emocional. La Revista de Psicología, de la Universidad de Chile, habla en concreto de este asunto.
El proceso de búsqueda de empleo tras perder el trabajo puede convertirse en una experiencia sumamente estresante que desemboca en el síndrome de burnout. Tras el despido, el profesional atraviesa una fase inicial de confusión, rabia y resentimiento. Señala el estudio realizado por los psicólogos Amundson y Borgen, en 1982. Este cuadro aparece antes de iniciar la búsqueda activa.
La intensa dinámica de rellenar solicitudes, enviar currículums y realizar entrevistas sin obtener resultados desencadena la primera etapa del trastorno: el agotamiento físico y emocional. Las constantes negativas conducen a la fase de estancamiento, donde el desempleado reflexiona sobre su perfil, busca capacitación o acude a los Servicios de Empleo de las comunidades autónomas, ETTs y otros mecanismos de búsqueda de empleo. Según esta revista, este momento resulta crucial para aplicar intervenciones preventivas antes de que el deterioro avance.
Si los esfuerzos fracasan, se da paso a la tercera etapa descrita por los psicólogos Edelwich y Brodsky en 1980: la apatía. En este punto, la persona abandona sus aspiraciones, se resigna a aceptar cualquier empleo. Adoptando una actitud de despersonalización, volviéndose frío y excesivamente crítico con los empleadores.
El proceso alcanza su fase más grave: el distanciamiento y la exclusión social. Tal y como definen Maslach y Jackson (1981-1984), el burnout queda completamente instalado en sus tres dimensiones, de las que hablamos al principio: Cansancio emocional, deshumanización y actitud negativa hacia uno mismo.
Esta situación favorece la aparición de trastornos psicosomáticos o psiquiátricos severos, como la depresión y el abuso de alcohol, dejando al individuo desprotegido ante la imposibilidad de reinsertarse al mercado laboral.
El burnout en las mujeres.
La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral no se ha dado en condiciones de igualdad. Con frecuencia, la mujer debe demostrar su valía y su preparación de una manera más incuestionable que los hombres. Esto las lleva a ser más exigentes consigo mismas y a esforzarse más.
A todo esto hay que añadir los otros campos de su vida. Sus responsabilidades familiares como madre, la relación con su pareja, la imagen que proyecta al conjunto de la sociedad. A la mujer actual se le exige que sea una supermujer. Una buena profesional, una buena madre, una buena compañera y, además, debe estar divina.
Nos puede aparecer un anacronismo, pero la verdad es que estas ideas están incrustadas en la sociedad. El psiquiatra Dr. Carlos Cenalmor señala en un artículo publicado en Infobae que el burnout en las mujeres suele ser más profundo y con un nivel de agotamiento mayor que en los hombres.
Estudios recientes confirman que al menos un 35 % de las mujeres sufre agotamiento en el trabajo, frente a un 23 % de los varones. Una realidad que constata el Dr. Cenalmor en su consulta.
Según explica este psiquiatra, una gran cantidad de pacientes acude a consulta convencida de padecer trastornos emocionales como depresión o ansiedad, o asumiendo de forma errónea que tienen una supuesta fragilidad emocional. Sin embargo, la raíz de su malestar radica en un nivel de agotamiento profundo y un estrés que se lleva acumulando durante años. Un estrés donde influye su papel en el trabajo y fuera de él.
Detrás de este desgaste prolongado subyace un patrón sociocultural firmemente arraigado. Muchas mujeres asumen la sobrecarga de tareas y responsabilidades de forma individual al haber sido educadas en el rol de cuidar, resolver y priorizar siempre las necesidades de los demás. Bajo este contexto, se llega a percibir la idea de pedir ayuda como un signo de fracaso o de debilidad.
Esta presión social e individual sostenida en el tiempo lleva a ignorar paulatinamente las señales de alerta que les envían la mente y el cuerpo. Al no frenar a tiempo la acumulación de exigencias, el proceso culmina inevitablemente en un colapso físico y emocional.
En muchas mujeres, la sobreexigencia laboral termina pasando una factura más dañina que a los hombres. Cansancio, ansiedad, episodios de estrés y de depresión. Y no se debe a una supuesta debilidad física de la mujer con respecto al hombre. Sino a esa desigualdad latente que persiste en la sociedad.
El burnout y los trabajadores jóvenes.
Veamos ahora otro de los colectivos sensibles del mercado laboral, el de los jóvenes. Un estudio realizado por Deloitte Global en el 2026 concluye que el 48% de los trabajadores de la Generación Z y un 45% de los millennials se sienten quemados o agotados en el trabajo. Los datos se han obtenido de una encuesta en la que han participado más de 22.000 jóvenes en 44 países.
Dos causas hacen que los jóvenes se quemen en su trabajo. La primera son las largas jornadas laborales y la segunda es la falta de reconocimiento en la empresa.
La falta de reconocimiento no se traduce en una rápida promoción laboral, como sucede con los trabajadores de más edad. Solo un 6% de los trabajadores de la generación Z aspiran a asumir cargos de alta responsabilidad en la empresa, de manera inmediata. En cambio, sí aprecian que las tareas que se les asignan no están acordes con su preparación, que no se valora de forma explícita su trabajo o que se practican relaciones tóxicas en la relación laboral. Como llamadas o WhatsApp de sus superiores fuera de la jornada laboral.
Un problema este, el burnout, que nos obliga a replantearnos cómo estamos estableciendo las relaciones en el trabajo.